jueves, 19 de octubre de 2017

El largo invierno del corazón en Las Amantes Literarias

Crítica de "El largo invierno del corazón" (novela negra), en el canal de youtube: Las Amantes Literarias. A partir del minuto 16:10.
Recuerda que puedes adquirirla en formato electrónico y papel en amazon ( https://goo.gl/XuuFFS ), y en formato epub o pdf en La Casa del Libro y El Corte Inglés ( https://goo.gl/gmZD86 ).
Gracias por estar.
Nelo

lunes, 2 de octubre de 2017

Vorágine (opinión)


Vorágine

Alcaldesas y alcaldes que dan un paso para adelante y otro para atrás, dimisiones por un día, falacias y mentiras interesadas. Un partido de derechas que se enfrenta a otro partido de derechas asociado por necesidad a un partido anarquista, ambos con numerosos imputados por corrupción. Y en medio, las fuerzas de orden público y la población. Amenazas por las dos partes, lavados de cerebros, manipulaciones (en ocasiones con la connivencia de los medios de comunicación)... Ah, y partidos de izquierdas que se lanzan reproches al tiempo que tratan de mediar y buscar soluciones que convenzan a todo el mundo con programas alternativos, cuando en su momento no fueron capaces de llegar a un acuerdo para formar gobierno.
Que alguien me explique dónde está la gracia del chiste, porque yo no la encuentro. 
Llevamos demasiado tiempo viendo cómo las banderas se han convertido en armas arrojadizas, cuando deberían ser un símbolo de unidad. Apelemos a la racionalidad. No en vano, lo único que buscamos la mayoría es vivir mejor. Y Utopía no existe. La solución está en las urnas, siempre estuvo ahí. Desde la humildad, solo veo un camino: facilitar, en un ejercicio democrático y desde la legalidad, que cada pueblo opine libremente sobre su propio destino, con responsabilidad y amplitud de miras. Si algo debería habernos enseñado la historia, es que echando más leña al fuego no se apaga un incendio.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Presentación de "Piel de lobo" en Alpuente


Buenas tardes, lectores, amigos, conocidos y desconocidos que quizá algún día dejen de serlo. Como saben, el pasado 10 de agosto, por la tarde, tras una pequeña introducción para hablar a cerca de mis trabajos literarios, presenté en el Salón Consistorial de la antigua Aljama de Alpuente (Comarca de los Serranos, Valencia) mi novela histórica “Piel de lobo”, editada por Tagus (grupo Planeta) en 2016, y ambientada en la España de 1936 a 1978.


 La asistencia superó mis expectativas iniciales, llenándose la sala con un público interesado, amable, respetuoso y muy atento entre el que se contaba un grupo de niños y niñas, sentados en primera fila, que no perdieron detalle de las explicaciones, videos e imágenes que fui mostrando durante el acto, haciendo gala de un comportamiento ejemplar.



Al término de la charla, tuve la sensación de que todos, espero que sin excepción, habíamos pasado un buen rato; y de que la novela había despertado el interés de muchos de los asistentes, que rápidamente se acercaron a mí en pequeños grupos para preguntarme por la forma de adquirir mis libros o regalarme sus muestras de afecto.


 Presentar una novela nunca es tarea fácil, sobre todo cuando aborda una temática de naturaleza sensible todavía hoy para muchas personas, pero el público de Alpuente no defraudó y pude hablar del argumento sin tabúes ni prejuicios, si bien omití algunas referencias para que el contenido de la charla resultara más ágil y liviano.
 No quiero despedirme sin antes dar las gracias al Ayto. de Alpuente por el magnífico escenario que pusieron a mi disposición, y a la Asociación Cultural Amigos de Alpuente por apoyar en todo momento esta iniciativa cultural, aportando los medios técnicos y humanos que hicieron posible que todo saliera rodado. Gracias también por la botella de vino blanco de la tierra con la que me obsequiaron, que no vio el amanecer del día siguiente.


Hasta muy pronto.
¡Un fuerte abrazo! 
Gracias
Manuel Pérez Recio







viernes, 16 de junio de 2017

Motel Paradise.

Mención de honor en la revista literaria Prosofagia nº 11, diciembre 2010





Eran las tres y media de la madrugada. Mariela dormía profundamente en la enorme cama de agua sobre la que, horas antes, habíamos retozado como Adán y Eva debieron hacerlo en su primera noche bajo el manzano. No quería despertarla, así que dejé la chaqueta, las llaves y la cartera sobre la cómoda de la entrada, por ese orden. Recordaba perfectamente haber solicitado al conserje una percha para colgar la ropa, pero el muy cretino se había vuelto a olvidar, como con la botella de vino. Suerte que el bar de la gasolinera estaba abierto; al menos, había podido echar un par de tragos y fumar un pitillo antes de acostarme.
Avanzaba unos pasos en la oscuridad cuando de pronto tuve la inquietante sensación de que una fría ola de mar se abalanzaría súbitamente sobre mí. “Maldito viento del norte”, balbuceé. Y retrocedí para cerrar la ventana. Ella y su manía de dejarla siempre entreabierta. Después, separé unos centímetros la cortina para que entrara un poco de aquella luz violeta que irradiaba el destartalado cartel del motel. Un velo de falsa intimidad se proyectó sobre la pared del fondo, como si fuera un club de putas.
Tras desentumecer el cuello, me quité los zapatos y caminé sigiloso hacia mi lado de la cama. Tropecé entonces con algo grande y pesado a los pies de esta, que sonó a caja de cristales rotos. A pesar del dolor en el pié, mantuve la boca cerrada. Percibí un ligero movimiento entre las sábanas, nada más.
Era del televisor; el tubo de imagen estaba hecho añicos, algunos fragmentos se colaban por debajo de la cama y otros estaban desperdigados por la moqueta. Me agaché para retirar los trozos más grandes, resultaba peligroso al caminar descalzo, y encontré un sujetador de encaje y un minúsculo tanga. Sonreí. Saber que ella dormía completamente desnuda era una idea que me excitaba, pero el alcohol y el cansancio no eran ingredientes para un buen cóctel, y descarté iniciar una batalla de antemano perdida; así que coloqué suavemente ambas prendas sobre la mesilla de plástico donde debía descansar el televisor y aparté lo que quedaba de este a un lado.
¿Qué demonios habría pasado?...
Me senté muy despacio sobre el inoportuno colchón de agua, dispuesto a desnudarme. El borboteo me revolvió un poco el estómago. “Seguro que no encontró el mando a distancia y usó un zapato para cambiar de canal”, deduje, esbozando una estúpida mueca de reprobación. Mariela era todo un carácter. No sé cuántas respuestas sin sentido llegué a concebir en pocos segundos, supongo que fue divertido.
Ya en cueros, salvo por los calzoncillos y la cartuchera (sólo en la ducha me separaba de la pistola), estiré el brazo para dejar en la mesita de noche el anillo de compromiso y el reloj de pulsera. Y nuevamente topé con algo que no debía estar allí. Coloqué los calcetines sobre la lamparita y la encendí. La luz atenuada iluminó un bote de cerveza importada, medio vacío, con restos de ceniza en la levita. Miré al suelo, buscando alguna otra rara evidencia, y encontré unas botas camperas, al menos de la talla cuarenta y dos, junto a unos pantalones vaqueros y una camisa a cuadros. Retiré con premura los calcetines de la lamparita y arrastré la vista atrás… ¡Joder! ¡Pero qué coño…! ¡Había un hombre junto a ella, pegado como una lapa a sus nalgas! Mi incorporé con brusquedad y palpé impaciente en la penumbra hasta dar con la maldita cadenilla que encendía el plafón del techo. La bombilla de sesenta vatios parpadeó unos instantes antes de derramar su luz enfermiza y vaporosa sobre la cama.
“¡¿Qué cojones hace ése aquí?!”, grité enfurecido. En un acto reflejo, desenfundé la pistola y apunté a su cabeza. Tras la convulsión inicial y un grito agudo de pánico, Mariela cubrió su rostro con la sábana de raso, como si con ello pudiera evitar que el proyectil la alcanzara. Apenas pude apreciar durante un segundo la expresión de terror en la mirada del hombre que la acompañaba, quien salió disparado, tropezando con todo objeto que halló en su camino, en dirección a la puerta del apartamento, de la que casi arranca los goznes al abrir, para perderse entre los trailers del parking con la desesperación de una rata perseguida por un felino hambriento. ¡Estás muerto!, le grite, ¡muerto! Aunque dudo que pudiera oírme.
“¿Con ese cobarde?...”, murmuré, dolido, dirigiéndome a ella, reteniendo en mi garganta un eructo cargado de bilis. Podía haber acabado con ése idiota con un ligero movimiento del dedo índice, pero no borrar de mi cabeza la traición, la falaz promesa de felicidad que me unía a Mariela, mi vida, mi razón de ser, ¡mi mujer! Me parecía tan distinta ahora… Su pelo rubio platino, las uñas postizas asomando lujuriosas por el borde de la sábana, el olor a sudor, sexo y perfume barato... Tenía el aspecto de una furcia de carretera. Ni asomo de la mujer a la que me comprometí, ni siquiera un esbozo. Me sentía dolido, estafado, humillado; me sentía fuera de lugar…
Y de pronto surgió la duda. ¿Y si no era ella?... Mis manos comenzaron a temblar, mi rostro a sudar. “¿Mariela?”, la llamé angustiado, sintiendo sobre mis hombros el peso desmesurado de tres mil seiscientos cincuenta días sin noche, sin luna, sin su presencia, sin el olor o el tacto de su piel.
“¡Por favor, no dispare!”, exclamó al fin, tras unos eternos segundos de tensa calma, mostrando por primera vez su mirada acuosa y gris, sus párpados azul cobalto, sus labios hinchados de botox.
No era ella. No era Mariela...
Bajé el arma lentamente. Cada latido, un clavo que se hundía en mi corazón.
Me di la vuelta y regresé al porche arrastrando los pies, el alma. Efectivamente, aquella era la habitación 309, nuestra habitación. Al menos, lo fue por una noche.
La extraña mujer comenzó a sollozar, a suplicar no sé qué cosas. ME torné hacia ella y le ordené callar. Luego barrí el parking con la mirada: ni rastro de aquel putero. Menudo susto se debió llevar; seguro que se lo merecía. Un reloj digital gigante, apostado sobre el techo de la luminaria de la gasolinera, marcaba en rojo las cuatro menos cuarto de la madrugada. En otro panel más pequeño, situado justo debajo, la fecha y la temperatura: veinticinco de abril de dos mil once, trece grados.
Caí al suelo de rodillas, abatido por la impotencia. Habían pasado ya diez años desde que nos alojamos en aquel motel, mi mujer y yo, para celebrar nuestro quinto aniversario, como dos enamorados que buscan renovar sus votos a pesar de fango que anega sus vidas, cuando surgió aquella discusión sin sentido, sin respeto, sin límites. ¿Cómo se atrevió a llamarme impotente, la muy zorra? Si hubiera tenido la boca cerrada… Jamás le había puesto una mano encima, fue una reacción instintiva… Acompañado por su olor corporal todavía en mis manos, marché a tomar un par de copas y fumar un pitillo. Cuando regresé, ya casi de madrugada, el parpadeo de las luces azules y ambarinas iluminaba las paredes desconchadas del viejo edificio. Tras el cordón policial alrededor de la puerta 309, huellas de sangre, ropa íntima desgarrada, y un cuerpo en el suelo, cubierto con una manta. Ya era demasiado tarde para pedir perdón, para buscar una excusa. Di media vuelta y me escondí en el maletero del coche hasta el amanecer. Sucedió hace diez años, y parece que fue hace apenas unos minutos.

Consciente del error, abandoné la pistola en el suelo del porche, junto a un par de colillas aplastadas y el envase vacío de un preservativo, me incorporé y bajé con extrema pesadez los cuatro peldaños de la escaleta, dispuesto a rendir cuentas con el Diablo. A lo lejos ruido de sirenas, luces parpadeantes en el cielo. Como aquella fatídica noche, solo que esta vez no murió nadie. Introduje el cañón de la pistola en mi boca, pero no me atreví a disparar: soy un cobarde, siempre lo he sido. Así que esperé a la policía. 

Aún me pregunto por qué Adán y Eva fueron obligados a abandonar el Paraíso. Si hubieran tenido una segunda oportunidad, hoy todo habría sido tan distinto… 

martes, 25 de abril de 2017

Entrevista para la web De Letras

Link a la entrevista concedida a la web De Letras, al hilo de mi penúltima novela: "Piel de lobo". 
Gracias por estar.
Nelo


http://de-letras.es/hoy-hablamos-con-manuel-perez-recio

viernes, 14 de abril de 2017

Relatos sobre la violencia de género

Ayer empecé el día con una buena noticia: había quedado finalista en el Concurso Internacional de Relatos Fundación Luz Casanova sobre la violencia de género. Recibí el libro editado con los veinte relatos seleccionados por correo postal. Y mi relato cuenta con una magnífica ilustración. En la nota que acompañaba al libro me comunican en una nota que próximamente se pondrá en contacto conmigo la organización para la presentación. Hoy he empezado a leerlo, y todos los textos son geniales. 
Era un tema delicado a tratar, por desgracia en boga, y me satisface enormemente que el jurado se haya fijado en mi particular visión al respecto.

Gracias.